Los chicos aprenden en el vivero

Con el guardapolvo y las manos llenas de barro, Agustín abrazó con fuerza un improvisado plantín y con el orgullo de llevar el cartel de “jardinero de la semana” cruzó el patio y lo colocó junto a los árboles que ya habían alcanzado cierto tamaño. “Tenés que conseguir tierra negra con propiedades, elegir buenas semillas y remojarlas, hacer un germinadero y cuidarlo hasta que aparece la primer hojita entre la tierra”, aconsejó mientras seguía absorto en su tarea, propia de un agricultor.  

Agustín y sus compañeros del jardín estatal Maestra Luisa Carrera, de Guaymallén, aprendieron a plantar árboles y cuidar los de su barrio porque saben lo que cuesta esperar que crezcan en el vivero escolar. Como lo hicieron sus abuelos, cuando lucharon por transformar el desierto mendocino, la producción forestal de los chicos trasciende las paredes de su escuela y ya hay calles, plazas y baldíos de sus barrios donde sus forestales crecen a la vista de toda la comunidad.

Son más de 40 escuelas mendocinas las que hoy están aplicando el programa “Educar forestando”, que ideó un grupo de biólogos cordobeses. En los dos últimos años se capacitaron más de 100 docentes en 27 localidades de la provincia, como El Bermejo, Los Corralitos, El Plumerillo, Costa de Araujo y El Algarrobal. Los biológos vienen cada dos meses para controlar cómo marcha el trabajo y entregar nuevos materiales (libros, folletos, etc).

Cada escuela tuvo que armar su “viverito” -como le llaman los chicos- respetando las características del suelo y los árboles tradicionales de cada región. Por ejemplo, en Lavalle el esfuerzo debió ser mayor y -a veces- trunco. Sin embargo en el Gran Mendoza, alumnos que no tenían terrenos apropiados, optaron por destinarlas al desierto lavallino. “De esta forma, el intercambio también fomenta la convivencia entre chicos de diferentes colegios”, consignó el biólogo Rafael Kopta, presidente de la fundación Acude.

El lema “plantar un árbol es dar vida al planeta” unió a varias escuelas. Gladys Gonzalez de 6° año lo explica: “Debemos respetarlos porque nos dan el oxígeno”. Una maestra jardinera, Susana Crayachichi, dijo que se impresionó con las reacciones de sus alumnos. “Les da mucha bronca cuando ven troncos de árboles escritos o se enteran de incendios forestales”, comentó. 

En dos años, las escuelas produjeron cerca de cuatro mil árboles en Mendoza, y a veces la producción supera la demanda de arbolado. La maestra Estela Sabatini dijo que aún no saben dónde sembrarán los más de 200 árboles que tienen en su vivero. “Queremos que comiencen a construir la plaza de nuestro barrio (Higuerita), para que la llenemos con nuestras especies”, agregó.

En torno a los árboles se gestaron las mejores experiencias. En una escuela de Villa Tulumaya, en Lavalle, los robos y daños no apagaron el entusiasmo de los chicos, quienes construyeron un vivero portátil para participar en la Feria de Ciencias departamental. En otros casos, la actividad sirvió para integrar a ciertos chicos al grupo o entusiarmar con la tarea a los que tenían mala conducta y apatía por todo. 

Padres y vecinos se entusiasmaron con la propuesta y en ciertos lugares la comunidad, a pleno, participó del trasplante. Por ejemplo la escuela Pompilio Schilardi, de El Plumerillo, parecía un desierto, y hasta los abuelos les regalaron plantas a los chicos para convertir el patio en un espacio verde y cálido.

Fuente: Diario Los Andes


 

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