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Cambio climático:
El acuerdo es inevitable |
Por Daniel L. Martino Ing. Agr.,
Ph.D
Director de Carbosur SRL
Los vaivenes de las negociaciones internacionales sobre el Protocolo de Kioto han causado escepticismo en la opinión pública acerca de la capacidad de las partes para superar diferencias aparentemente irreconciliables en la búsqueda de una solución para el cambio climático. La declaración de rechazo al protocolo por el Presidente norteamericano George W. Bush, ampliamente divulgada en todo el mundo, pareció enterrar definitivamente el acuerdo, que ya había sido muy malherido en La Haya en noviembre pasado.
Muchos gobiernos, organizaciones no gubernamentales y medios de prensa condenaron con vehemencia a la mayor potencia por su aparente insensibilidad frente a un eventual desastre climático, del cual es el principal culpable. La lectura superficial y simplista de los hechos revela a la Unión Europea y a varios grupos ambientalistas como los principales defensores de la naturaleza, y trasmite a los ciudadanos comunes la sensación de que la actitud norteamericana expone al mundo a un futuro plagado de calamidades.
Sin embargo, la realidad es mucho más compleja que una simple confrontación entre buenos y malos. Ni los unos son tan perversos ni los otros tan virtuosos. El cambio climático es un proceso que tiene múltiples connotaciones en los más diversos campos de la actividad humana, y no reconoce divisiones políticas de los territorios ni diferencias culturales. Es un problema que incluso trasciende el marco temporal de las generaciones.
Quien visualice al cambio climático solamente en su faceta ambiental e ignore los enormes intereses en juego, estará cometiendo un profundo error de apreciación y es susceptible de emitir juicios de valor erróneos.
La trascendencia del cambio climático
Algunas personas todavía cuestionan la propia existencia del fenómeno. El presidente Bush utilizó, como uno de sus argumentos para rechazar el Protocolo de Kioto, que la ciencia aún no ha demostrado la influencia humana en el calentamiento global. Aparentemente Bush no está bien informado. Científicos británicos, en un artículo publicado en la revista Science del 15 de diciembre de 2000, demostraron por primera vez que el aumento de temperatura global ocurrido en las últimas décadas ha sido causado por las actividades humanas, principalmente a través del uso de combustibles fósiles y de la desforestación. Podemos afirmar entonces que nos encontramos frente a un problema ambiental real, causado y manejable por el hombre.
No son pocos quienes sostienen que el cambio climático es el tema más trascendente de la actualidad en las relaciones entre los países, con gran impacto en la economía mundial. Un acuerdo sobre la forma de combatirlo definirá en gran medida las características de la vida de los hombres en los próximos decenios.
Según las decisiones que se adopten, habrá sectores de la actividad económica que se perjudicarán y otros que se favorecerán; habrá países que pasarán a ser más, y otros menos competitivos; las generaciones actuales se sacrificarán más o menos por el bienestar de las futuras; algunos países podrán ver afectado su desarrollo económico y social más que otros; el desarrollo de nuevos conocimientos científicos y tecnologías se acelerará o se enlentecerá; las personas sufrirán en mayor o menor medida las consecuencias del calentamiento de la atmósfera. Es comprensible que, frente a este panorama lleno de intereses contrapuestos e incertidumbres, el logro de un acuerdo como el Protocolo de Kioto no sea una empresa fácil.
Europa vs. Estados Unidos
La escena de la negociación del Protocolo de Kioto está dominada por el enfrentamiento entre Estados Unidos y sus aliados del grupo “Umbrella”, por un lado, y la Unión Europea por el otro. Estos dos bloques difieren entre sí en sus características económicas, sociales y culturales, así como en sus intereses y formas de ver la realidad. La consideración de estas diferencias es esencial para la comprensión de sus posiciones políticas y de las razones del aparente estancamiento en el proceso de la Convención de Cambio Climático.
En el centro de la diferencia se encuentra la intensidad energética de ambos bloques. Europa tiene una economía basada en la eficiencia energética y en un uso considerable de fuentes renovables de energía. Estados Unidos, por el contrario, es el país con mayor consumo de energía por habitante, y utiliza casi exclusivamente combustibles fósiles.
Si se restringe el consumo de energía, la competitividad de Europa se vería favorecida en desmedro de la de Estados Unidos.
Las diferencias culturales también inciden en las posiciones políticas. Este concepto ha sido muy bien ejemplificado por el norteamericano John Palmisano en una nota publicada en la revista Environmental Finance (marzo de 2001). Los norteamericanos, fieles a su tradición liberal, promueven la utilización masiva de los mecanismos de Kioto.
Ello implica que favorecen el comercio de créditos de reducción de emisiones, en un sistema basado en la división del trabajo y la asignación eficiente de recursos: la reducción de emisiones la realizan quienes puedan hacerlo de manera más económica, y quienes no puedan hacerlo podrán comprar de aquéllos su derecho a contaminar.
Los europeos, en cambio, tienen una cultura más regulatoria y prefieren enfocar los temas ambientales a través de mecanismos impositivos y de contralor más que a través del mercado. Según sostiene Palmisano, el precepto moral por el cual “cada persona debe comportarse de tal manera que su conducta pueda ser adoptada como ley general”, está muy arraigado en los países nórdicos. También está difundido el concepto de que “el malo o el pecador debe pagar” y no comprar su indulgencia. Remarca el hecho de que en alemán se utiliza el término “comercio de indulgencia” para referirse al comercio de certificados de reducción de emisiones.
Las ONG ambientalistas han sido importantes protagonistas en el proceso de la Convención de Cambio Climático. Sus puntos de vista, generalmente cercanos a los de la Unión Europea, más que guiados por el sano propósito de buscar soluciones racionales al calentamiento global, están notoriamente teñidos por sus intereses políticos y económicos.
No debe soslayarse que estas organizaciones tienen particular arraigo en Europa, donde los partidos “verdes” cuentan con alta cuota de poder. Por otra parte, las ONG ambientalistas controlan casi absolutamente a la AOSIS -organización de estados islas, potencialmente vulnerables a la elevación del nivel de los océanos- la cual ha sustentado posiciones extremistas contrarias a las del grupo “Umbrella”.
Por qué el acuerdo parece inevitable
Las fuerzas que apuntalan la consecución de un acuerdo, sea éste el Protocolo de Kioto u otro similar, son muy firmes. Una de estas fuerzas es la de la opinión pública, inclusive la norteamericana, que ya considera al cambio climático como el principal problema ambiental que enfrenta el planeta, y que cree que se deben tomar medidas urgentes para su combate y mitigación. En estos tiempos de democracias saludables, los gobernantes no son indiferentes a las demandas de sus votantes.
Una segunda fuerza es la de los consumidores, que día a día son más exigentes en cuanto a la sanidad ambiental de los procesos de producción de los bienes y servicios que compran. Son cada vez más numerosas las empresas que han abrazado el concepto de “inversión socialmente responsable”, y que invierten fuertes sumas en reducir los impactos de sus actividades sobre los recursos naturales y el ambiente. Muchas de ellas ya han instrumentado políticas de reducción de emisiones de gases con efecto invernadero.
Otro factor que está empujando hacia la toma de medidas contra el cambio climático es el incremento en la frecuencia de desastres naturales, que muchos atribuyen al cambio climático, y que resulta en enormes pérdidas económicas en los más diversos puntos de la Tierra. Es particularmente marcado el interés de las compañías aseguradoras en que se alcancen acuerdos.
La continua aparición de nuevos instrumentos y desarrollos tecnológicos es un elemento adicional que contribuye a la presión para acelerar el proceso de negociaciones. En los próximos años observaremos el surgimiento de vehículos que utilizan hidrógeno como combustible (con agua como único residuo volcado al ambiente), y el crecimiento vertiginoso de las fuentes renovables de energía (solar, eólica y biomasa).
También se intensificará el desarrollo de instrumentos financieros - proceso ya iniciado con el surgimiento de los fondos de carbono- y de valoración económica de los servicios de la naturaleza. La perspectiva de la disponibilidad de estas tecnologías y herramientas es sin dudas un factor que facilitará la decisión de asumir compromisos de reducción de emisiones.
Sin Estados Unidos no es posible
En los últimos tiempos se ha manejado la posibilidad de que el Protocolo de Kioto entre en vigor con la ratificación de la Unión Europea y algunos de los miembros del grupo “Umbrella” (Japón, Rusia, Ucrania y Noruega). Si bien esto es teóricamente posible -se requiere para ello la ratificación de 55 países que representen al menos 55 % de las emisiones de los países desarrollados en 1990- no parece ser una alternativa válida políticamente.
Un hecho relevante que no tuvo la repercusión de la declaración de Bush, es el de la difusión de una nueva propuesta del Ministro de Ambiente de Holanda y Presidente de la Conferencia de las Partes de la Convención de Cambio Climático, Jan Pronk. Dicha propuesta, comunicada el 9 de abril de 2001, incluye importantes nuevas concesiones a Estados Unidos, con relación a la propuesta elaborada por el mismo Pronk en ocasión de la reunión de La Haya.
Es poco probable que Estados Unidos acepte la propuesta de Pronk sin intentar lograr nuevas concesiones. Parece particularmente crítica la demanda de Bush acerca de la imposición de compromisos a los países en desarrollo, principalmente a China, India, Brasil y México. Pero es significativo el hecho de que se esté buscando un acercamiento.
Y es también significativo el anuncio por parte del gobierno norteamericano, de que participará en la próxima conferencia de las partes de la Convención de Cambio Climático (COP-6) en Bonn el próximo julio. Es obvio que el Protocolo de Kioto aún no ha muerto.
¿Qué es lo mejor para el planeta?
La atmósfera ya ha saturado su capacidad de almacenar gases con efecto invernadero, y es necesario actuar con celeridad para evitar o minimizar la ocurrencia de impactos negativos. La demora en la implementación de medidas significa costos adicionales en el futuro. Esto no debería conducir, sin embargo, a dejarse llevar por la ansiedad y apresurar decisiones que pueden no ser las más acertadas. Tres o cuatro años no hacen gran diferencia en un proceso que ocurre a lo largo de décadas.
La solución definitiva para el calentamiento global pasa inexorablemente por la sustitución de los combustibles fósiles (carbón, petróleo y gas natural) por fuentes renovables de energía. El crecimiento económico de los países subdesarrollados deberá basarse en el uso de energía limpia. La imposición de topes a las emisiones por los países en desarrollo (no pertenecientes al Anexo B del Protocolo de Kioto) demandada por Bush es necesaria para la salud del planeta. El Protocolo de Kioto prevé la posibilidad de que los países no-Anexo B asuman compromisos recién para el segundo período (2012-2016). Un adelantamiento en esta definición podría ser positivo para facilitar las negociaciones.
Los sumideros de carbono (ecosistemas que retiran dióxido de carbono de la atmósfera) pueden contribuir en forma muy significativa al combate del cambio climático, particularmente considerando su bajo costo con relación a otras alternativas de mitigación. A diferencia de la reducción de emisiones, que tiene un efecto permanente, los sumideros sólo pueden retirar una determinada cantidad fija de carbono del aire, por una sola vez, a lo largo de varios años.
Los científicos han estimado que la capacidad total de los sumideros es del orden de 100 petagramos (miles de millones de toneladas) de carbono en un plazo de cincuenta años. Si se considera que el exceso actual de carbono en la atmósfera es de 170 petagramos, cifra que aumenta en 3 petagramos anuales, y asumiendo que ese incremento anual se mantiene constante en los próximos 50 años, se puede concluir que los sumideros podrían solucionar aproximadamente un tercio del problema al 2050 (100/320).
Es claro que los sumideros son una opción eficaz y económica que no nos podríamos dar el lujo de desechar, ni siquiera en forma parcial, en la estrategia de reversión del efecto invernadero. A pesar de ello, la Unión Europea, las ONG ambientalistas, la AOSIS y otros países en desarrollo se han opuesto consistentemente a su aceptación amplia como mecanismo válido. Los argumentos utilizados carecen frecuentemente de racionalidad y reflejan la existencia de otras motivaciones aparte de las ambientalistas.
El mundo necesita un sistema que detenga la acumulación de gases con efecto invernadero al menor costo global posible. El mecanismo de “topes y comercio”, probadamente exitoso para la solución de otros problemas ambientales, sería muy adecuado para dicho fin. El establecimiento de un tope a la emisión de gases confiere valor económico a la capacidad de almacenaje de la atmósfera. El comercio de certificados posibilita que tanto la reducción de emisiones como la limpieza de la atmósfera la realicen quienes lo pueden hacer de manera más eficaz y económica.
Para que ese sistema funcione, es necesario que todos los países participen, y que el mercado funcione con la mayor fluidez posible. El Protocolo de Kioto establece la posibilidad de utilizar mecanismos de mercado, aunque con diversas regulaciones que claramente atentan contra la liquidez necesaria para un funcionamiento óptimo.
La limitación al uso de sumideros y la exigencia de que una alta proporción de los compromisos se logren a través de medidas domésticas son dos formas de distorsión del mercado que podrían y deberían ser minimizadas en aras del objetivo de hacer el planeta más habitable.
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